Dicen en Plato, Magdalena, que no hay nada más rápido que un chisme con patas… salvo la velocidad con la que se esconden los amigos cuando los llaman a la guerra. Todo empezó cuando diariamente las publicaciones a través de Facebook y otras redes sociales los petristas acérrimos emprenden la defensa de cualquier acción que realice su máximo Comandante. En las noticias apareció el presidente Petro condenando la guerra de Israel en Gaza, lo cual fue el detonante para que todos sus defensores tomaran la decisión de ir a luchar a la Franja de Gaza contra Israel, ese enemigo que ayudado por el Imperio ultraja y masacra a los combatientes de Hamas.
Un domingo soleado, entre dominó y cerveza Águila, cuando un grupo de luchadores de teclado, en Plato: Los Meriño del 7 de Agosto, Johnny Pineda, Carlos Fonseca, Víctor Martínez El Cabe, El Parche; en El Carmen de Bolívar: El Pilo, Pedro Hernández, Jaider De Ávila, Julio Cárdenas el gran verseador, Miguel Angel Ochoa Romero (el más loco), el profesor Richard Montes, el Dr. Moisés Morante y un mail que mandó Juan Carlos Pardo que lo apuntaran que él iba desde Chile; en Tenerife: Juan Carlos Curcio y Maximio Charris y en Zambrano: Marco Hoyos; todos juraron en voz alta -y con pecho inflado- que, si el presidente Gustavo Petro los necesitaba, ellos mismos se iban a Gaza a dar ejemplo de valentía. El destino, que siempre tiene oído fino, los escuchó. Y no pasaron ni tres días cuando Petro, con su solemnidad costeña de plaza pública, anunció que ya tenía designado a un comandante cultural para la misión: Álvaro Rojano Osorio, escritor de tertulias, café y tamboras, quien de repente pasó de criticar novelas en ferias del libro a repartir órdenes militares como si fueran volantes de carnaval.
La cita para recoger a los nuevos “combatientes” se acordó en la plaza de cada pueblo, justo al frente de la iglesia. Rojano llegó puntual, con su sombrero vueltiao ladeado, un morral lleno de poemas bélicos y hasta una libreta donde pensaba escribir la epopeya de estos héroes costeños rumbo a la Franja de Gaza a combatir al transgresor Israel. Pero cuando tocó la hora de embarcar, ¡zas! Ni un alma apareció. En vez de botas, se escuchaban solo excusas volando de puerta en puerta:
—Comandante, yo no puedo, tengo diarrea fulminante desde anoche…
—Ay, Rojano, qué pena, el médico dice que tengo gastritis nerviosa de tanto pensar en misiles…
—Yo iba a ir, pero el arroz con coco me cayó malísimo, mejor mándenme por Zoom.
El pobre Rojano, con su libreta en blanco, lo único que pudo anotar fue la lista de enfermedades inventadas: diarreas patrióticas, estómagos rebeldes y flatulencias de última hora. La tropa entera se había declarado en emergencia gástrica y hasta el “comandante cultural” sintió que también estaba sufriendo de los mismos males.
Así fue como el batallón fantasma de Plato, Tenerife, El Carmen y Zambrano quedó en la historia: guerreros de teclado en Facebook y lengua en la parranda, pero con el estómago flojo a la hora de la verdad, acabaron con el Lomotil en esa región. Petro, dicen, todavía está esperando a que se recuperen de la diarrea colectiva para emprender el viaje… aunque en el fondo ya sospecha que esa guerra nunca verá soldados de dominó, cerveza y mucha habladera.

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